martes, 9 de agosto de 2011

Sitio Arqueológico


Hace unos meses escuche que en el tan conocido Cerro Chena, en San Bernardo, había ruinas indígenas. Vivo aquí desde que nací y recién ahora, después de 19 años me enteré de esto. Lógicamente comencé a buscar información sobre esta noticia. Encontré que antiguamente el Cerro Chena había sido un recinto arqueológico en el cual más de una investigación se había hecho, aun así estas no fueron suficientes para responder cabalmente cual era la importancia que tuvieron estas ruinas en el mundo indígena en el cual fueron construidas. En un principio se pensó que era un fuerte, de ahí su nombre “Pucará” que significa Fuerte en el idioma quechua. Posteriormente se dijo que las estructuras que uno podían ver en el cerro pertenecían a una “huaca”, un lugar astronómico sagrado. Otras teorías dicen que no solo fue un fuerte, sino que un lugar de asentamiento humano en donde se vivía una vida no solo ligada a la defensa de las tierras y expansión imperialista inca, en la que uno piensa al escuchar la palabra fuerte. En fin, no fue mucho lo que pude conseguir, pero no basto más para capturar mi interés y proponerme ir a verlo por mi mismo.

Junto con unos amigos emprendimos viaje a pie desde el centro de San Bernardo, nos demoramos aproximadamente 45 minutos en llegar al sitio arqueológico. Estaba ubicado en los límites de la comuna de San Bernardo y Calera de Tango, por el Camino Catemito, aproximadamente unos 1,5 kms antes de llegar a la calle San Agustín. Pudimos encontrar una entrada (con puertas cerradas) hacia un cerro totalmente cercado. Fuera de ésta entrada podemos ver un letrero en el que está escrito un texto poco llamativo: No ingresar al sitio arqueológico (Ruinas)”. Es casi, como si te incitaran a entrar a aquel lugar. Junto con el “equipo de trabajo” decidimos pasar las murallas para poder ver que es lo que encontrábamos, no fue muy difícil, estaban en pésimas condiciones.

Con la emoción en el cuerpo, sintiéndonos como Indiana Jones en una de sus tantas aventuras, comenzamos la expedición. La decepción llego pronto al ver lo abandonado que estaba aquel importante lugar. Más de un carrete se había realizado, las evidencias estaban a la vista, pero eso no nos detuvo, proseguimos el viaje cuesta arriba. Entre 15 y 20 minutos demoramos en subir el cerro, durante el camino, casi llegando a la cima pudimos observar dos estructuras de piedra de las cuales solo quedaban las bases en el suelo. También había letreros con información sobre el lugar, que indicaban que este recinto había tenido tiempos mejores. En la cumbre de este, no fue muy distinto el panorama, cimientos de muros se apreciaban a lo largo de todo el lugar. La vista era increíble, se podía ver gran parte de San Bernardo desde la punta de este gran manticulo, en ese momento entendí el por qué se piensa que fue un fuerte. Podía verse todo. Con el “equipo” decidimos sentarnos en la cumbre del cerro y ver el paisaje. Luego de observar las cercanías y lejanías que se podían ver desde la cima, decidimos dar vuelta atrás y devolvernos por donde mismo entramos. Dejé atrás ese lugar ancestral con una sensación de satisfacción e inconformidad. Satisfecho por haberlo visto, pero inconforme por no haberlo conocido en su esplendor.

Anécdota: Cuando llegamos al sitio arqueológico vimos a un pequeño perro negro acostado sobre las murallas, parecía que nos esperara. Nos siguió durante todo el tiempo que recorrimos el cerro, no se nos acercaba, nos miraba de lejos, pero nunca nos perdía de vista. Cuando decidimos devolvernos, nos escolto hasta la puerta por donde entramos y se quedo en el mismo lugar en el cual lo habíamos encontrado.


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